Primero creí en la evolución. Después, cuando universitario, en la revolución. Cuando me desencanté pensé que sólo existiría la re-evolución. Pero al final, sólo temía re-evolverme en mi tumba.
A Victor, que también lucha
El anciano se remanga sonrisa y camisa. Profundas cicatrices surcan sus brazos.
“Deseadme buenas noches, dice, en mis sueños mato monstruos.”
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Se enfadó tanto mi madre cuando empecé a llover y mojé las alfombras nuevas, que se inició un disgusto de lágrimas de proporciones épicas digna de los gritos de mi padre, del portazo de mi hermano, de la inundación consecuente de los pasillos y habitaciones, los gritos nerviosos de los vecinos de abajo que se enfrentaban a las cascadas; me tuve que acostumbrar a vivir en una isla, que era mi cama, y ellos en otra, que era la mesa del salón; nos tuvimos que acostumbrar a los barcos que empezaron a navegar el largo tramo de mi habitación al comedor llevando lentamente mis “losientos” a mis padres lejanos, a las tormentas que los hundieron cuando ellos me enviaron sus perdones.
Un día los faros sobre los armarios se apagaron y el tráfico naval de suplicas y disculpas quedó interrumpido.
No volví a ver a mis padres. Tuve que aprender a nadar.
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“Estás muy sucio” dice ella, con una mueca, mirándome el pelo.
“Soy más interesante” respondo, me bebo su café.
“¿Eres más interesante por llevar tres días sin ducharte?”.
“Bueno, cualquier persona está limpia porque se ha aseado. Yo soy un enigma andante, un interrogante que coge el metro, sonríe a los desconocidos, y se lleva la respuesta.”
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Me llega una carta preciosa de ella desde el extranjero.
Dice así: ”Déjame en paz, no quiero volverte a ver nunca, tus besos son repugnantes.”
Eso significa que, por lo menos en su imaginación, nos hemos besado.
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Les explicamos a los nuevos alumnos que así es la costumbre, porque saber que un hombre va a morir dota a sus últimos minutos de un halo místico irrompible.
Así se palia el déficit de atención en clase.
Entra nuestro profesor para esa hora. Como casi todos lo hace nervioso, sonríe con una mezcla resignación y locura. Dice su nombre con orgullo, pero también lo olvidaremos.
Los de primer año observan la escena pálidos, casi temblando, tomando cada apunte como quien anota un decálogo divino. Los mayores, al fondo del aula, guardan un silencio de respeto pero ya no prestan atención: se han acostumbrado.
Termina la hora y llegan los guardas. El profesor nos sonríe, se ha preparado toda la vida para esa hora de clase. La ha hecho bien. Le despedimos.
Lo sacrifican.
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Regreso tarde a casa y la cabeza de mi mujer no deja de gritarme “¿por qué has tardado tanto?”, así que se la corto de cuajo.
Al día siguiente vuelvo y las dos cabezas de mi mujer me chillan “¿por qué no me has llamado al mediodía para preguntarme que tal estaba?”, así que las corto ambas.
A la hora de la cena no tengo hambre y aparto el plato de lentejas, y sus cuatro cabezas no paran de rugir “¿estás despreciando mi comida? ¡Contigo no se puede vivir!”, y como estoy harto se las corto todas.
Sin embargo esa noche ocho cabezas me recriminan a cual le he dado el beso de dulces sueños, y después dieciséis cabezas no cejan de roncar.
Por fin, un domingo cualquiera, ciento veintiocho cabezas me escupen ”nos prometiste que hoy iríamos a ver a mi madre”; y saco el cuchillo de siempre y esta vez corto la cabeza correcta, y veo mi cuerpo caer inerme a tus pies que son tan gordos y tan feos.
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Cuervo escupe una hoja de ensalada y exclama con repugnancia “me pregunto, de repente, que hago comiendo macetas”.
En un restaurante de buena fama ella me susurra “tenemos que hablar”. “Espera, espera, que el cocinero es muy bueno” le grito “Corta conmigo después de haber comido.”
La poetisa pide, a solas con el escritor y la buhardilla, un postre digno de todo su amor. El chico saca una manzana y la apoya en el suelo. “¿Y bien?” dice ella. “Dentro de cincuenta páginas lo entenderás.” Y se aman o se separan.
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Un día empieza a llover dentro del pasillo. Todos sacan sus paraguas cabizbajos y se dedican a mal esquivar los charcos.
Un hombre sonríe, y en la curva de la sonrisa encuentra un barco y con él cruza todos los charcos.
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Un hombre escribe sentado junto a un espejo a su mano derecha. Poco a poco se da cuenta que tras la mano izquierda del reflejo, su otro yo está escribiendo un cuento mejor.
Estira disimuladamente el cuello sobre la hoja ajena para copiar la historia, como un niño en un examen, y se percata de que el reflejo hace lo mismo.
Ambos sonríen avergonzados, se cambian tímidamente las hojas, se estrechan fuertemente la mano, hasta que duele.
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